La cita en la cocina y la habitación

Una mujer se lava las manos en un lavabo

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En la cocina

Sus manos estaban bajo el agua. El grifo goteaba sobre sus dedos. El sonido del agua llenó la cocina. Un fregadero blanco. Un delantal de lunares empapado sobre el borde. Agua fría, quizás. O caliente. Sus dedos se movían con lentitud, frotándose uno a uno.

Las luces del cielo raso iluminaban los azulejos.

Ella miraba la pared, sin mover la cabeza. Los hombros rectos. La espalda en una línea casi rígida. Un pie marcaba el ritmo, lento, contra el piso. El otro mantenía el equilibrio.

Se apartó del agua. Se secó las manos en el delantal. El tejido dejó unas motas oscuras. Las gotas siguieron cayendo en la pila vacía. Un golpe sordo, luego otro.

Se quedó quieta. Miró la puerta de la cocina. La luz del pasillo dibujaba una raya en el suelo. Esperó un tiempo.

Apretó el paño de cocina que colgaba del tirador. Lo dejó torcido. Dio media vuelta.

Él estaba allí. En el umbral. Apoyado en el marco. No había ruido de pasos antes.

Ella se detuvo. Bajó la vista al suelo entre ellos. Un metro de baldosas limpias.

Sus dedos, ya secos, se cerraron.

Él se enderezó. Caminó hacia ella. Sus pies descalzos apenas hicieron ruido. Se detuvo a su lado, frente al fregadero. Su brazo rozó el delantal. Miró el agua que seguía corriendo.

Ella no levantó la mirada. Sus largos cabellos claros tapaban parte de su rostro.

Él alargó el brazo. Giró la llave del grifo. El chorro se cortó. El silencio ocupó de pronto la habitación.

La última gota cayó.

Ella respiró hondo. Un latido en su sien. Luego, se arrodilló.

En el suelo de la cocina

Ella se arrodilló frente a él. El delantal de goma con lunares se tensó sobre sus muslos. Sus manos, todavía húmedas, descansaron un momento en sus propias rodillas.

Él permaneció de pie. No se movió.

Sus dedos encontraron primero el cierre. El metal cedió con un sonido breve. Luego, la tela áspera del pantalón. La mano izquierda tiró de la prenda hacia abajo, solo lo necesario. La mano derecha ya estaba en movimiento.

Lo tomó. La piel estaba más caliente que el aire de la cocina. Su pulgar trazó una línea desde la base hacia arriba. Una vez. Dos.

Un ritmo estable

Los primeros movimientos fueron lentos. Su muñeca giraba con precisión. La respiración de él se hizo más audible. Un suspiro corto, casi un resuello. Ella no alzó la vista. Mantenía la mirada fija en el frente, en el vacío entre su cuerpo y el de él.

La intensidad cambió. Su brazo trabajaba más rápido ahora. El hombro se convertía en el centro de un vaivén constante. La palma de su mano izquierda se apoyó en el muslo de él para mantener el equilibrio. Los nudillos de su mano derecha rozaban el delantal con cada subida.

Él inclinó ligeramente la cadera hacia adelante. Una gota de sudor cayó de su barbilla al suelo, junto a la rodilla de ella.

Ella detuvo el movimiento. Permaneció así, inmóvil, durante unos segundos. Su mano no soltó su presa. Solo cambió el ángulo. Inclinó la cabeza. Sus labios se abrieron.

La lengua. Primero fue una prueba ligera en la punta. Luego, un recorrido más largo, desde abajo hacia arriba. La boca la siguió. Bajó. La cabeza de él desapareció entre sus labios. Subió. Volvió a bajar, un poco más hondo. Su nariz se hundió en el vello púbico.

Él puso una mano en su cabeza. No empujó. Solo la sujetó. Los dedos se enredaron en su pelo largo y claro.

Ella continuaba. Un ritmo nuevo, más profundo. Su nuca se arqueaba con cada movimiento. El delantal ya no estaba limpio.

Minuto cuatro y veinticuatro

Ella estaba en el suelo de la cocina. La espalda contra las baldosas frías. Él se inclinó sobre ella. Su sombra cubrió la luz del techo.

Su boca encontró la suya. Un beso. Otro. La barba le rozó la piel de la mejilla, luego la del cuello. Ella levantó una mano. Su palma se posó en su nuca. Los dedos se cerraron en el pelo corto. Lo atrajo hacia abajo.

Él se acomodó entre sus piernas. El faldón del vestido subió. El algodón del pantalón presionó contra su interior. Ella arqueó la espalda. Separó las rodillas.

La mesa de la cocina

Su mirada pasó por encima de su hombro. Vio la pata de la mesa. Una miga de pan en el suelo. El borde del fregadero. Respiró hondo. El aire olía a jabón y a él.

Él desabrochó su pantalón. El ruido de la cremallera fue claro. Luego, un roce de tela. Un ajuste. Un movimiento hacia adelante.

Ella soltó el aire que retenía. Sus músculos se tensaron un instante. Luego cedieron. Sus rodillas se abrieron un poco más. Sus talones buscaron el suelo. Los encontraron y empujaron.

Durante los siguientes minutos, todo cambió.

Al principio Al final
Su espalda descansaba sobre el suelo frío. Su nuca presionaba contra el borde áspero del felpudo.
Su vestido formaba un charco de tela en su cintura. La falda del vestido se arremolinaba bajo sus omóplatos.
Su mano derecha agarraba el borde de un armario. Su mano derecha yacía abierta junto a su cabeza.
Su pie izquierdo estaba calzado. El zapato golpeó la pata de la mesa.
El delantal de gajos seguía atado a su cintura. El lazo del delantal se había deshecho.

El felpudo de la puerta estaba ahora debajo de ellos. Las fibras sintéticas le arañaban la piel. Cada empuje desplazaba el felpudo unos milímetros sobre las baldosas. Un roce áspero y constante. Ella ya no miraba la pata de la mesa. Miraba el techo. La pantalla apagada de la lámpara. Un punto donde la pintura se descascarillaba.

Una mujer mira hacia un lado de la habitación

En la cama, encima

Ella se movió. Se enderezó sobre él, un pie a cada lado de sus caderas. Sus rodillas se hundieron en el colchón, junto a sus muslos. Él no abrió los ojos. Sus manos quedaron planas sobre la sábana, a la altura de sus costillas.

Ella respiró hondo. Con las manos en el pecho de él, empujó su propio cuerpo hacia arriba. Luego bajó. Los dedos de ella se deslizaron por su esternón, encontraron el hueco entre dos costillas. Se detuvieron allí.

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El ritmo era suyo.

Con la mano izquierda, ella se apartó el pelo de la cara. Lo llevó todo sobre un hombro. La melena clara cayó pesada y recta por su espalda. La mano regresó al mismo hueco entre sus costillas. La derecha buscó algo en la cama, a su lado. Encontró el borde de la almohada. Agarró la funda de algodón. La arrugó entre los dedos. La apretó. La soltó. Volvió a agarrarla.

Su mirada estaba fija en la ventana, al otro lado de la habitación. No en él.

Los objetos que llegaron a esa habitación por azar esa tarde acabaron de modos distintos.

  • Un pendiente de falsa perla rodó bajo la cama y permaneció allí.
  • El delantal de lunares colgaba del respaldo de la silla del escritorio, inmóvil.
  • La revista que él hojeaba antes cayó del borde de la cama, abierta por la mitad.
  • Su reloj de pulsera, que había dejado sobre la mesilla, marcó el minuto sexto, luego el séptimo.
  • Una mota de polvo, levantada del tapete al lado de la cama, flotó en un rayo de luz y se posó en la manta arrugada a sus pies.
  • La sombra de la lámpara del techo se alargó sobre la pared.

Ella cambió el ángulo de sus caderas. Inclinó el torso un poco hacia adelante. La mano que estaba en la almohada se apoyó ahora en el pecho de él, junto a la otra. Empujó. Los músculos de sus brazos se tensaron con cada elevación. La respiración de él se hizo audible. Ella miró hacia abajo, por fin. Vio sus párpados cerrados. Vio su boca entreabierta. Vio sus manos que ya no estaban quietas. Sus dedos se engancharon en la sábana, cerca de sus rodillas.

Ella no detuvo el movimiento.

En la cama

Él se retiró. Ella bajó de la cama.

Fue ella quien se dirigió al dormitorio. Él la siguió. El cobertor estaba al pie de la cama, arrugado. Ella se quitó el delantal. Lo dejó caer sobre el cojín del sofá al pasar. En el dormitorio se detuvo junto al borde.

Subió a la cama. Se arrodilló sobre el cubrecama azul. Luego apoyó las palmas de las manos. Quedó a cuatro patas, de espaldas a él.

Él permaneció de pie en el suelo, junto al borde. La observó. Un minuto entero.

Ella no se movió. Los dedos de sus manos se aferraron a la tela.

Él subió. Se arrodilló detrás de ella. Buscó su posición. Ella inclinó la espalda. Él la tomó de las caderas.

Entró.

Su ritmo fue constante desde el principio. No fue rápido. Fue profundo. Cada empuje la hacía avanzar un poco sobre la cama. Las mantas se arrugaron bajo sus rodillas. Las muñecas de ella soportaban el peso.

Él no tocó otra parte de su cuerpo. Sus manos no se movieron de sus caderas. Su respiración era el único sonido.

Ella mantuvo la cabeza baja. Su pelo claro caía sobre sus hombros y se mecía con el movimiento. Sus ojos estaban abiertos. Miraron la textura de la almohada, muy cerca de su cara. Los nudillos de sus manos estaban blancos.

Él aceleró al final. Fue solo durante unos segundos. Un empujón final, más hondo. Se quedó quieto.

Se separó.

Ella no cayó. Permaneció en la misma posición, arqueada, respirando. Sus manos seguían clavadas en el mismo lugar del cubrecama. Sus rodillas seguían separadas.

Él bajó de la cama y salió del cuarto. Sus pasos se alejaron por el pasillo.

Ella se quedó ahí. En medio del desorden de las sábanas. Esperando a que sus brazos dejaran de temblar.

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